Cultivemos una fe con ojos (Por: P. Matías Siebenaller)

(Por: P. Matías Siebenaller) Durante este Año de la Fe se están tomando muchas iniciativas para profundizar la doctrina de la fe, para revitalizar la celebración de los sacramentos y para hacer más significativas las manifestaciones públicas cristianas. 

Todo esto es necesario e importante. Sin embargo, no dejemos de lado el cultivo de una fe con ojos.  Esta exigencia viene desde muy lejos: en la primavera de la Iglesia se llamaba a los bautizados los iluminados.  La teología escolástica ya sabe de la “mística con ojos abiertos”.  El Concilio Vaticano II insiste en ver y escrutar los signos de los tiempos.

No vivir una fe con ojos, significa, no reconocer a Jesús y descuidar un anhelo muy afirmado en nuestro mundo moderno y secularizado que, de muchas maneras, nos dice: “Queremos ver a Jesús” (cf. Jn 12, 20-32).

Jesús profesa una fe con ojos

Los evangelios nos muestran a un Jesús que mira la realidad y ve en su profundidad dimensiones escondidas.  Jesús ve a Leví en su mostrador (cf.Mt 9, 9), levanta sus ojos sobre Zaqueo esperándolo en el sicómoro (cf.Lc 19, 5) y activa en ambos el deseo de conversión.  Al desembarcar, Jesús ve la muchedumbre, siente compasión y le ofrece el pan de la palabra así como el pan que calma el hambre (cf. Mc 6, 34-44). 

En la samaritana a quién encuentra en el pozo de Jacob, Jesús ve mucho más que una mujer de vida irregular y representante de un pueblo herético: vibra con su sed de agua viva (cf. Jn 4, 3-43).  En el templo Jesús escoge bien el ángulo para observar e interpretar las ofrendas que se echan en el arca del tesoro (cf. Mc 12, 41-44 y Lc 21 1-4). Bien señala y describe el evangelio de Juan la mirada de Jesús sobre la mujer adúltera; desarma y despista a los acusadores y levanta una vida destrozada (cf. Jn 8, 1-12).  

Jesús el hijo de Dios, mira la realidad de los hambrientos, enfermos y encarcelados con los ojos de su Padre, “hace lo que ve hacer al Padre” (cf. Jn 5, 19).  “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14, 9) y “cuánto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicieron” (Mt 25-40).

Ver  y escrutar los signos de los tiempos

En Mateo 16, 1-3 Jesús reprocha a los fariseos y saduceos su incapacidad de ver y discernir los signos de los tiempos, los signos de la venida del Mesías y de la presencia del reino. “En Jesús la Palabra de Dios se hizo carne y puso su morada entre nosotros y hemos visto su gloria, plenitud de gracia y lealtad” (cf. Jn 1-14).

En Jesucristo Dios mismo se ha implicado en nuestra realidad, vive con nosotros nuestra historia y su Espíritu ha asumido el gemido de parto de la creación entera (cf. Rm 8, 18-27).  Vaticano II recuerda esta Buena Nueva y esta Verdad y subraya para la vivencia de la fe hoy el escrutar los signos de los tiempos.  “Es deber permanente de la Iglesia, escrutar los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio” (GS 4).  “El pueblo de Dios, movido por la fe, en virtud de la cual cree ser conducido por el Espíritu del Señor, que llena el universo, intenta discernir en los acontecimientos, en las exigencias y en las aspiraciones de las que participa con los demás hombres de nuestra época, cuáles son los verdaderos signos de la presencia y del plan de Dios. La fe, en efecto, ilumina todas las cosas con una luz nueva” (GS 11).

Desde nuestro lugar, aquí y ahora, nuestra fe tiene que tener ojos para los movimientos sociales que se levantan para defender la dignidad de la vida, para respaldar la voz y la inclusión de pueblos marginados, para exigir transparencia y honradez en la función pública, para desterrar la corrupción en la administración de la justicia, para apoyar las iniciativas que promueven la dignidad de la mujer, para defender la vocación vital del medio ambiente, para pregonar la globalización de la justicia y de la solidaridad frente a la globalización de la economía de mercado, …

La acogida entusiasta que encuentra el Papa Francisco, en pocas semanas de pontificado, entre creyentes y no creyentes, indica que es profundo y hábil lector de los signos de los tiempos en el mundo y en la Iglesia. Vive una fe con ojos.

Celebrar los “sacramentos” de la cotidianidad

Me pescó la noche, me hice viejo y lamento no haber mirado con debida atención y fe los muchos signos de Dios en mis caminos diarios por el mundo y entre los seres humanos.  Una fe joven y despierta puede encontrar en lo ordinario de cada día zarzas ardientes, pozos para descansar, bellezas por admirar, gestos por apreciar, palabras para animar, iniciativas para participar, hogares para ser acogido.  La fe de Jesús le dio una extraordinaria capacidad para observar los detalles de la vida; especialmente sus parábolas son el reflejo de una fe que dialoga con el Padre y habla del reino a partir de lo que llena los ojos.

Es cierto que no toda realidad es señal de la belleza y bondad de Dios.  Pero Dios, también desde el infierno encendido por la maldad humana, puede hablar por Maximiliano Kolbe, Etty  Hillesum y Oscar Romero.  Hoy, en una casa de Santa Cristina en Nuevo Chimbote, Julio, gravemente enfermo, responde con valentía y Betty, su esposa lo cuida con un amor que tiene su fuente en Dios mismo.

Se me acabó el tiempo y espacio.  No he querido sino anunciar una Buena Nueva: las huellas del Señor se pueden ver hoy en nuestra realidad.  “El Dios-con-nosotros” (Mt 1, 23) nos dice:  “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”  (Mt 28, 20).

(Artículo publicado en el periódico Mar Adentro, mayo 2013 - Diócesis de Chimbote)

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