El humilde es generoso

(Por: Fray Héctor Herrera OP)  Dios nos habla a través de las personas: “En todo lo que hagas actúa con humildad y te querrán más que al hombre generoso. Cuánto más importante seas, más humilde debes ser y alcanzarás el favor de Dios” (Eclo 3,17-18).

La soberbia como la arrogancia no nos permite un contacto más humano y cálido con las personas. Vivimos en una sociedad “etiquetada”, querer sobresalir. Creemos estar sobre los demás por cuestiones de cargo o de autoridad y nos basamos en una jerarquía rigurosa.

Jesús acaba con todo esto, nos dice el evangelio de Lc 14,1.7-14. Y nos invita a ser más sencillos y prudentes. “Cuando te inviten a la boda, a una fiesta, a una actividad cultural, social y religiosa no busques ocupar el primer lugar, sino siéntate en el último, para que cuando venga el que te invitó  te coloque más arriba” (v.10).

El lugar del seguidor de Jesús es por  libre elección. No es la jerarquía la que nos da más poder, sino los discípulos tenemos que ser servidores de todos, en especial de los más necesitados, de los que no pueden retribuirnos.

Así lo entendió Rosa de Lima, aquella joven hermosa, cuyo corazón estaba adornado con las joyas de la generosidad, la solidaridad, la compasión y la ternura hacia los pobres indígenas, negros, esclavos, mestizos y blancos pobres.

Ella trabajaba con sus manos para alimentarlos, curaba a los enfermos. Todo lo hacía no para ser vista, sino veía en los pobres al mismo Cristo sufriente. Y los acogía con alegría. Su vida  de oración era la contemplación y alabanza. Tocaba la vihuela, componía la poesía para dar gracias a Dios. Ella sentaba en su mesa a los lisiados, enfermos y ciegos. Fue y es una mujer valiente, porque supo acoger a Jesús  en su vida.

Sólo los humildes saben buscar la verdad y saben dar vida con alegría. Tenía un espíritu misionero: enseñar a todos a descubrir y conocer el Evangelio. Por eso instaba a los frailes dominicos, como a su mismo confesor ir a predicar a las misiones sin temor y no vanagloriarse, sino “Se ha de predicar para aprovechar, sacando las almas de los torbellinos del mundo y de la ceguera de los vicios, al sosiego del conocimiento a las luces claras de la penitencia” (Cf. Meléndez). La caridad de Rosa tenía puestos sus ojos no sólo en la evangelización de los indígenas, sino de todos. Porque su caridad, nacía de su humildad como servidora del Señor.

Para nosotros cristianos de hoy, Jesús nos enseña dos cosas: En primer lugar no buscar los primeros puestos para figurar, ser “bien vistos”, sino tener la sabiduría de ser humildes. Humildad que no significa agachar la cabeza ante nadie, sino ser conscientes de nuestras propias fragilidades, para actuar con sensatez y cordura, sirviendo a los demás con amor y respeto.

No por vanidad ni arrogancia. Y en segundo lugar invitar y dar con generosidad a los que no pueden retribuirte, es decir a los excluidos de hoy, por su situación social, enseñándoles y ayudándoles a ser personas libres y conscientes, que Dios los acoge con esa ternura y misericordia.

DOMINGO 22 T.O. CICLO C. D. 28.08.2016. LC.14, 1.7-14

 

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