El lado más sensible de la pobreza: Un día con los niños del arenal

Chimbote en Línea (Por Jorge Yzaguirre Olivera).- Sobre los arenales y bajo un sol abrasador, lejos de la urbe llamada Nuevo Chimbote, existe un lugar bautizado por sus pobladores como Cerro Partido. Esa gran masa desértica, a la que ni la gran avenida Pacífico alcanza a conectar, es el hogar de sufridas familias plantadas allí por la extrema necesidad.

Fui a la búsqueda de alguna familia que me permitiera ingresar a su hogar para conocer su forma de vida, pero la tarea ha resultado difícil, peor aún bajo un sol abrazador y en medio de la arena.

Así conocí a una humilde madre de familia, quien, al notar mi desorientado semblante, acudió a tratar de ayudarme. Se ha identificado con el nombre de Juana Cruz.

Para la señora, estar al cuidado de sus cinco pequeños niños no es nada fácil. Significa estar pendiente de su alimentación, aseo, educación y demás derechos que le corresponden a todo niño.

Me cuenta que sus infantes, ante la carencia en la que viven, colaboran con los quehaceres del hogar y se divierten al hacerlo.

A Juana Cruz le parecía interesante el trabajo que haría y muy gustosa aceptó colaborar. Me citó para el día siguiente a primera hora. Ella deseaba que las carencias que pasan miles de familias de su zona y alrededores sean de conocimiento público para que las autoridades los tomen en cuenta y busquen formas de ayudarles, sobre todo a los niños que allí habitan.

SOLO CARENCIAS
Al día siguiente acudí según lo pactado y observé asombrado cómo los hijos varones de Juana Cruz se encargaban de comprar el agua de la cisterna, corrían apresuradamente llevando consigo bidones, ya que el agua solo la podían comprar cada tres días. Mientras, la única damita, Ericka, junto a su mamá, se encargaba de limpiar la casa y lavar los platos, ollas y ropa sucia.

Al ubicar la casa de los Cruz, noté la precariedad en la que vivían: la vivienda está hecha de esteras, palos, cartones y plásticos. Esa humilde pero acogedora casa no cuenta con un piso, seguía siendo arena y lo más lamentable era que no tenían alimentos para comer ese día. Sumado a ello, la casa carece de un baño y una cocina.

También conocí al esposo de Juana Cruz, Luis Sánchez Torres, un hombre de 43 años, sin trabajo fijo. Según contó, realizaba cachuelos como jardinero y eso lo limitaba para poder alimentar a sus hijos, al igual que muchos de sus vecinos, que son subempleados y muchas veces explotados, con sueldos menores al mínimo vital, lo que hace que estén mayor tiempo en el trabajo que al cuidado de sus hijos.

El día de Luis Sánchez inicia desde muy temprano, habitualmente a las 5 a.m., hora en la cual alista tijera, hoz, guantes y rastrillo para ir a trabajar, a pesar de que nunca desayuna en casa para evitar incomodar a su esposa. Comprende que el solo encender la improvisada cocina de leña causaría molestias a sus pequeños hijos y compañera. 
Sánchez trabaja como jardinero, sus horarios son de 6 de la mañana a 3 de la tarde. A pesar de los 15 soles diarios que gana, él y sus pequeños son felices con lo que tienen y siempre agradecen a Dios por lo que les brinda. Tanto su familia como las otras veinte que conforman este asentamiento humano, viven en la misma situación de extrema pobreza.

Luego de la charla con don Sánchez, me invitó a acompañarle a almorzar junto a ellos. Grande fue el asombro al ver que pudo conseguir alimentos para ese día.

A la hora de preparar el almuerzo, todos se reunían para prender la humilde cocina hecha de ladrillos. Unos apoyan cortando leña y otros conseguían el plástico y fósforo para encenderla.

El humo invadía toda la casa, pero la satisfacción de saber que habría almuerzo los emocionaba, a pesar de lo asfixiante que era respirar bajo la humareda. Cada niño sabía cuál era su plato y celosamente lo protegía de ser devorado por alguno de sus hermanos.

Luego de almorzar, llegó una pequeña hora de relajo, la cual consistía en ver su dibujo favorito en su pequeña televisión. Todos se recostaron en la única cama de la casa y felices reposaron del delicioso almuerzo preparado por mamá.

A mitad de la tarde salen a jugar a la calle con sus vecinitos. Jugaban al trompo, a escalar el cerro y a explorar las zonas colindantes. Luego de la jornada de juegos y sonrisas, llegó la temible hora del aseo, mamá Juana buscaba la tina grande y hacía uso de un bidón de agua para bañarlos al aire libre. Comenzó con los más pequeños. En el caso de tener necesidades fisiológicas, acudían a la cima del cerro. En su inocencia lo llaman el “baño alto”.

Mientras la señora Cruz los iba aseando, me contaba muy orgullosa sobre su hijo Luis Ángel, de 9 años. Es el único que estudia. Disciplinadamente se despierta a las 7 a.m. para alistarse e ir al colegio. Luis Ángel obtiene altos calificativos y es el profesor de sus hermanos: ya les ha enseñado a colorear, dibujar y sumar.

Sin embargo, el brillo de los ojos de la mujer cambió cuando habló de su hija mayor, Ericka, una niña incapacitada de oír y hablar. Cuando tenía nueve meses de edad, sufrió una caída fuerte y se golpeó en la cabeza. Esto le produjo fuertes convulsiones que consiguieron controlar pero la bebé nunca fue atendido por un médico por falta de dinero. Con el tiempo se dio cuenta de que su pequeña no hablaba ni oía, su desarrollo era distinto al de sus demás hijos. Preocupada la llevó a una posta médica, donde le dieron la mala noticia de que su hija había perdido los sentidos del oído y del habla.

PERVERSA DESIGUALDAD
Así como los Sánchez Cruz, miles de familias viven en extrema pobreza. Esa pobreza que afecta a los más indefensos, niños y adultos mayores. El color rubio de los cabellos de estos niños refleja una alarmante anemia que destruye su salud.

Los bajos ingresos económicos, la carencia de servicios básicos, la falta de una vivienda propia, la mala planificación familiar y la poca información respecto a los servicios de salud y educación son el grave problema. Esta realidad tiene raíces arraigadas en esta sociedad de la indiferencia, donde el rico se siente solidario solo por ‘ayudar’ al pobre y se jacta de tener ese poder para someterlo a sus abusos.

Las familias buscan una vivienda aunque eso signifique invadir ilegalmente terrenos no aptos para habitar. La necesidad los justifica, pero esto se contrapone a un Estado que no se proyecta y no planifica el crecimiento poblacional.

Si el problema de las invasiones no se resuelve, dentro de unos años los niños de hoy serán adultos y se verán condenados a cargar palos y esteras para poder construir su hogar y seguir con la cadena de pobreza que en nuestro Perú se arrastra durante largas décadas.

Al anochecer y ya estando aseados, esperaban a mamá y papá para cena. Es costumbre de Luis Sánchez llegar con el pan a casa. Estando reunidos, inició la hora de la cena, la cual consiste en alguna infusión y un pan. Luego cada pequeño va cayendo como soldado rendido por el sueño. Su madre los acomoda en la única cama de dos plazas. Juntos, en la misma cama, a pesar de la incomodidad pasan la noche esperando que el día siguiente solo sea un poco mejor.(Texto y foto Jorge Yzaguirre)

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