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Serpentín

Chimbote en Línea (Por: Ricardo Ayllón) Néstor despierta sobresaltado y, conforme le llega el aroma picante de la sangre, ve al hombrecito en el asiento de al lado con la pierna rota, casi llorando de dolor. Amplía su marco de visión y entonces cae en la cuenta: el bus en el que viaja a Lima ha llegado a Pasamayo, y está detenido junto al precipicio.

Con la mano en el pecho, agitada, una mujer lo distrae con un grito:

–¡Ahí traen a otro!… ¡Ay, dios mío, pobrecitos!...

Néstor pone recién sus sentidos a funcionar y se asoma por la ventana: el viejo bus de una empresa desconocida ha rodado hasta el fondo del acantilado y, a su alrededor, varios cuerpos esparcidos se mueven con dificultad.

–¡Qué ha pasado! –interroga esperando que le responda la mujer que acaba de gritar.

Pero lo hace el hombrecito que han subido desde el fondo del acantilado y lo han sentado junto a su asiento.

–No sé… Cuando desperté ya estábamos dando vueltas hacia abajo. Me agarré con fuerza del asiento de adelante, pero mi pierna quedó atrapada y… ¡mire usted!… –señala su rodilla astillada por donde brota ahora un gran chorro de sangre.

Entonces se muerde el antebrazo para soportar el dolor, y clama algo que Néstor logra entender como el pedido de una ambulancia.

–¡Acaba de llegar una camioneta que los llevará al hospital de Chancay! –avisa entrando al bus un tipo gordo, a quien Néstor recuerda como el piloto.

–¡Llévenme allí, por favor! –exige el hombrecito de la pierna.
Intentan moverlo, pero apenas lo tocan el pobre chilla como un animal.

El gordo vuelve a sujetarlo con determinación:
–Así le duela vamos a tener que moverlo, señor.

Resignado y con gran zozobra, el hombrecito acepta que lo muevan. Néstor y el gordo cuentan hasta tres, lo levantan y lo sacan con dificultad. El pobre puja, solloza y cierra los ojos como intentando ignorar su drama.

Fuera del bus, la mayoría de pasajeros se afana en auxiliar a los heridos, hace llamadas por celular, baja al lugar del siniestro.

Seis y media de la mañana. Una gruesa neblina oculta esta parte del serpentín de Pasamayo cuando terminan de subir a la camioneta al hombrecito.

Mientras esperan que suban a otros, Néstor vuelve a mirar la pierna rota y un nuevo chorro brota inevitable ahora que el hombrecito se ha desvanecido.

–¡Oiga!... ¡Oiga!... –lo sacude alguien para reanimarlo.

…Néstor despierta sobresaltado, y el viejo bus de la empresa desconocida en el que viaja comienza a trepar el serpentín de Pasamayo.